Centro de Arte Caja de Burgos



JUNE PAPINEAU

¡CHOPO VIEJO! HAS CAÍDO

Del 9 de junio al 24 de septiembre de 2017

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¡Chopo viejo!

Has caído

En el espejo

Del remanso dormido.

Yo te vi descender

En el atardecer,

Y escribo tu elegía,

Que es la mía.

 

García Lorca, Federico: "Chopo muerto" (6.1), Obras completas I, Ed. Galaxia Gutenberg, 1996, p. 146.

 

“Un chopo negro desarraigado y dejado a su suerte inspiró estas obras. La copa del árbol se descompone, las ramas se desprenden y caen al suelo rotas día tras día; la tierra se las traga en poco tiempo. Mientras tanto las raíces, que quedaron escondidas en una masa de fango y piedras, asoman lentamente a la luz tras ser lavadas por la lluvia y la nieve”.

El explícito verso de Lorca y la descripción realizada por la artista suizo-americana June Papineau ( Manchester [Connecticut], EE. UU., 1958) sintetizan el sugerente y delicado proyecto que se presenta en el Centro de Arte Caja de Burgos CAB.

 

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Lejos de toda tentación recreativa, e igualmente en los márgenes de la tradición naturalista, Papineau huye de la representación convencional con que los botánicos se ocupan de anotar y clasificar las diferentes especies vegetales para, con sus mismas armas, proponer una sutil reflexión sobre el paso del tiempo.

En 2011 la artista se encontró en el Étournel, en un bosque de la rivera del Ródano, con un álamo. “No es un álamo cualquiera —nos dice la artista—, se trata de un Pópulos nigra subespecie betulifolia, un chopo de características únicas y sobresalientes que ya no es tan fácil de encontrar. Un árbol nativo de los bosques aluviales del noroeste de Europa en peligro de extinción debido en gran parte a la pérdida de su hábitat”.

Tomar conciencia de la desaparición, pero también de la resistencia de este árbol, anotarlo pacientemente, atender a sus requerimientos, contemplar su lucha desesperada por la supervivencia, dejarse acariciar o amordazar por el entorno, ser testigo de ella y a la par su cómplice, observar pacientemente la belleza que desprende cada último gesto e intentar fijarlo, respetuosamente, en un conjunto de dibujos que se erigen en un tributo a todo cuanto nos precede: esa ha sido la razón de ser del proyecto que June Papineau presenta en el CAB.

“Con todo el pathos de un guerrero caído de la Ilíada yace desenraizado un viejo álamo negro en la marisma del Étournel. Antaño su tronco se alzaba, alto y recto, hasta los 30 metros, con ramas solamente en la cúspide, demasiado elevadas para poder observarse con detalle desde abajo. Ahora, tirado por tierra, su corona de ramas retorcidas y miembros nudosos parece encarnar la desesperación de una estirpe moribunda, cuyo destino va unido al de los bosques aluviales en peligro”.

 

La exposición de June Papineau en el CAB

“¿Se puede sentir compasión por un árbol? ¿Por un árbol anciano incapaz de sostenerse en pie? ¿O acaso si me ha emocionado tanto ha sido por ver nuestro destino reflejado en su inminente disolución?”

Esta reflexión de la artista sobre cuanto está llamado a desaparecer, sin que en apariencia parezca afectarnos, sitúa al espectador ante el espejo de su propia existencia. Dibujos a la acuarela que nos advierten de cuanto somos, de cuanto nos sucede, tan inaprensible y efímero como a la par necesitado de atención; pieles, como vaciados —como máscaras mortuorias o como un envés simétrico del árbol que un día fue— desplegados, colgados como espectros de un bosque exánime.

Los dibujos realizados a la acuarela in situ, desde 2014 hasta 2017, y las pieles de un árbol que llegó a alcanzar treinta metros antes de desplomarse sobre el suelo gradúan el contenido de la exposición. Al principio dibuja solamente a lápiz: “En el otoño de 2011 decido dibujar lo que veo. Con lápiz y papel empiezo por intentar captar el árbol en su totalidad. Sin embargo la enorme masa de ramas que tengo delante solo me deja dibujar aquello que, literalmente, apresa mi mirada. Al dibujar, el dibujo me apresa”, relata la autora. En cierto sentido, lo que se ve es dos veces efímero. El árbol caído se descomponía rápidamente, con cambios perceptibles cada día; la luz se deslizaba entre ramas y tronco y se fijaba sobre los detalles solo unos instantes, antes de devolverlos a la sombra e iluminar a otros nuevos. Con la acuarela la autora intenta seguir este juego cambiante, para captar con sus pinceladas tanto la forma alcanzada al final del día como la desaparición sufrida.

 Las pieles, “gemelos especulares” en palabras de Papineau (nuestros gemelos devueltos en el espejo de la mirada, a la postre), invierten las marcas del árbol, los arañazos, las protuberancias, las raíces, los brotes arrancados y los que prosperaron. Obtenidas tras una compleja y cuidadosa operación que precisa del recubrimiento en arcilla y su reentelado para dotarlo de consistencia, se convierten en sujetos evocadores de una existencia casi borrada, casi ilusoria.

La autora identifica estas pieles como Goyesques [Goyescas]. Con ellas alude a dos de las grandes trabajos del pintor aragonés. Los desatres de la Guerra por un lado y las pinturas de la Quinta del Sordo, por otro. “Todo el ramaje que se arremolinaba en torno a un extremo estaba plagado de lobanillos gruesos que parecían tener vida propia: unos simulacros de animalidad, torturados y deformes. Me vino a la mente uno de los aguafuertes más estremecedores de Los desastres de la guerra de Goya —Grande hazaña, con muertos— y sus cadáveres mutilados atados a un árbol maltratado por la intemperie”. Las figuras que cubrieron la Quinta del Sordo entendidas como una alegoría de la compasión sin límites, según la interpretación de  Yves Bonnefoy que refiere la artista: “la compasión absoluta es lo único real en un universo donde todo es ilusorio salvo el dolor”.

 “Las pieles captan los rasgos de las ramas que forman la copa —explica June Papineau—. Las dos primeras pieles datan de 2013; era un momento crítico, el álamo negro llevaba unos años desarraigado y muchas ramas ya se habían caído.  Es entonces cuando de la parte superior, la más extrema, hice el «Great Goyesque» una piel de 5 metros y medio, y al mismo tiempo otra «Goyesque», de dos metros de una rama un poco inferior. Tres años después, el «Great Goyesque" ya no corresponde al estado actual del árbol. En otoño de 2016 hice una última piel de otra rama de 3 metros de largo que hoy es la nueva extremidad de la corona. ¿Hasta cuándo…?”

La disposición de las Goyesques en el espacio del nivel +1 en el CAB encuentra en la tercera de las salas su conclusión final: pieles realizadas con las últimas ramas de la copa del árbol caído que colgadas del techo compondrán una constelación votiva, una última ofrenda que se rinde a su corona “antes de la última reverencia”.

 

Texto de June Papineau en el libro Goyesques et autres. Éditions Artmorphos, 2016, p.121.

En el otoño de 2011 decido dibujar lo que veo. Con lápiz y papel empiezo por intentar captar el árbol en su totalidad. Sin embargo la enorme masa de ramas que tengo delante solo me deja dibujar aquello que, literalmente, apresa mi mirada.

Al dibujar, el dibujo me apresa.

Al dibujar, la gestalt de ramas enmarañadas se disuelve en una profusión de figuras y rostros bestiales y carnavalescos. Lo cierto es que esas formas inquietantes surgidas del árbol remiten menos a Los desastres de la guerra que a las enigmáticas figuras de las pinturas negras hechas por Goya al final de su vida, durante los largos meses de invierno en la Quinta del Sordo. Desplegadas al vuelo sobre la hoja, como las deidades del destino en Las Parcas —si es que son deidades y no unas formas vagamente humanas, con su víctima inerme, eximidas de la gravedad, sin futuro ni pasado— invaden calladamente mi psique más allá de la historia, la alegoría o el mito.

Según Yves Bonnefoy, tras la fuerza que impulsa a Goya en sus pinturas negras hay una convicción, tardía pero profunda, de que el único valor en la vida que distingue a la humanidad, en lo social, lo biológico o en otros aspectos, es la compasión sin condiciones, la misma que el doctor Arrieta había mostrado por él al cuidarle de una gravísima enfermedad. *

¿Se puede sentir compasión por un árbol? ¿Por un árbol anciano incapaz de sostenerse en pie? ¿O acaso si me ha emocionado tanto ha sido por ver nuestro destino reflejado en su inminente disolución?

En 2013 cada vez son más las ramas que soportaban el tronco que han cedido, se han roto y han vuelto a la tierra; el árbol se aproxima aún más al suelo. La corteza, muy agrietada por los años (a diferencia del joven álamo talado de la Ilíada), se desmorona rápidamente igual que la albura, dejando ver un esqueleto central: el corazón del árbol. Es el momento. Con arreglo a la tradición de las máscaras mortuorias, decido hacer con la arcilla de porcelana blanca (no una máscara, sino) una piel: la Gran Goyesca.

* “¿Pero qué le aportó a Goya esa mirada a un instante último y primero? Comprender que no hay nada en la sociedad ni en la existencia que tenga un valor propiamente humano, que esté libre de la sujeción al plano específica y tristemente biológico, el de las hambrunas, los abusos, la muerte; nada excepto la devoción totalmente desinteresada, por rara que esta sea: la compasión absoluta es lo único real en un universo donde todo es ilusorio salvo el dolor.”

(Yves Bonnefoy, Goya. Les peintures noires. Burdeos: William Blake & Co., 2006, p. 75)

 

 Producción: Fundación Caja de Burgos. CAB

Concepto y selección de obra: Javier Del Campo y June Papineau

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