Centro de Arte Caja de Burgos



JUAN VALLEJO

DOBLE ESPIRAL

Del 9 de junio al 24 de septiembre de 2017

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Entre 1971 y 1972 el artista Juan Vallejo (Burgos, 1949) realizó, en la bóveda de la escalera imperial de la abadía cisterciense de San Pedro de Cardeña, un gigantesco mural cuya contemplación no deja a nadie indiferente. Lejos de intentar glorificar, de relatar biografías o recrear episodios vinculados al relato histórico del monasterio, Vallejo se adentró en el silencio interior, en las perturbaciones y en los tormentos con que los monjes viven su relación con la mística.

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Más de cuarenta años después, en 2013, Juan Vallejo emprendió la restauración de otro de los murales realizados en Cardeña: los Pecados Capitales situados en las galerías de la hospedería. Aquella experiencia, el reencuentro cara a cara con una de sus primeras creaciones, el combate pictórico y, por qué no, personal con un trabajo a prueba de convenciones, está en el origen de la propuesta que se presenta en el Centro de Arte Caja de Burgos CAB.

El propio autor explica cómo se alza la espiral —no solo como signo gráfico, sino como elemento simbólico cargado de significado— en el vehículo expresivo que caracteriza la obra de Cardeña en la bóveda y en las galerías donde recrea los Siete Pecados Capitales, y cómo es la espiral la que provoca el enlace, la que guía el sentido místico de la obra y la que “por arte de bilocación —en palabras de Vallejo— permite su traslado hasta el CAB”.

Las viejas espirales retocadas en las paredes del monasterio alumbraron otras nuevas en una traslación de enorme fuerza plástica. El resultado no es apto para pusilánimes. Monjes vortiformes que liberan sus almas atrapadas sobre la escalera de Cardeña en los nuevos y sombríos lienzos dispuestos en el CAB; tormentosas creaciones que refieren sin tapujos deseos ocultos, que se revuelven contra las privaciones, que gritan reclamos de vida cierta, espoleados frente a las ausencias, insatisfechas ante la penuria y la parquedad.

Es en este juego de espirales, una forma geométrica cuya naturaleza formal reclama alejarse siempre del punto del que arranca en un viaje inconcluso, donde radica la audaz propuesta de Juan Vallejo: dos experiencias pictóricas y místicas que tanto se atraen como se repelen, contraen y expanden, crecen y merman en un reencuentro sin fin.

 

Las obras de Juan Vallejo en el CAB

El desarrollo completo del proyecto de Juan Vallejo se articula en torno a una serie de obras que de alguna manera abundan en este imaginario místico. La pintura titulada Espiral-vínculo convive dialécticamente con la gran proyección del film realizado para esta muestra en el monasterio de Cardeña. A ellas se suman las esculturas de la serie Organum, la instalación Trillo-espiral y la  pintura La cena del Ausente. Apocalipsis, un óleo de gran formato realizado en 2002 que será intervenido por el artista a la conclusión de la muestra.

Pero sin duda una de las piezas más significativas de la exposición es el trabajo consagrado por el artista al Réquiem. Un Réquiem mudo, de gran intesidad expresiva y poética, construido con pasión sobre las hojas de un libro descomunal. Su sola presencia física atrapa y atemoriza por igual. Trazado y anotado verso a verso, constituye un ejercicio de interiorización mística que Vallejo relaciona con la lectura de varios de sus poetas favoritos: Paul Celan, Juan de Yepes, Juan Gelman, Neruda, Pizarnik o Hölderlin, autores que conforman lo que el pintor llama su “anatomía cultural”. Un Réquiem, surgido del gesto y del arrebato, que se expande por las paredes de la sala en un alegato de la creación íntima.

 

Un texto de Juan Vallejo sobre su obra

“Tras el caserón en donde pinto, en donde nací, en donde nació mi madre, hay un horno en donde se hace pan. Cada día, el panadero, obra un milagro: fabrica pan. Así lo hicieron sus padres y sus abuelos, del mismo modo. Leña, agua, harina y sal. En esa Tahona levitaron las hogazas, las tortas de manteca y los chuscos de guerra y posguerra. Generaciones de vecinos de Gamonal signaban las hogazas con un aspa, una cruz, para que el diablo no entrara en ellas y las malease. En la combadura de aquellos panes, el ocre se resignaba para representar siembras y cosechas, reverberando el sol en esa panza: otro milagro en donde el trigo surtía de luz y de hornaza las memorias y los pómulos de los que asomaban y cocían la levadura.

En la casona y en la panadería, el norte sigue varando sus hielos sobre las tejas y canalones, allí afila su gélido viaje de cellisca la cocedura. Entra después por las claraboyas del estudio impregnando de olor a pan recién hecho mis sienes, hasta el punto de repasar mi infancia y mi juventud primera, como si un mago despertador se hubiera introducido por las luciérnagas.

Entre el río Pico y el Vena, mi memoria nutre barbechos y trillas con olores de lápices recién afilados, de la marca Johann Syndel, en la máquina de la mesa del maestro. El pueblo de Gamonal se estira entre una procesión de chopos con bufandas blancas hasta la ciudad de Burgos. Y la memoria va diluyendo su tratado, preterizando besos y luces, hasta mostrarme una ciudad herrumbrada y especulada. Ya no están los carruajes y las tartanas cargando el pan de la semana para llevarlo a los pueblos cercanos; ni las encinas del monte de Aviación; ni los musgos, robles y chopos de la Casa de la Vega.

Pero el panadero sigue cociendo el pan: el mismo portento, la misma celebración, como si nada hubiese cambiado. Otra leña, otra harina, otro fuego que irá escaldando la nemotécnica glándula del paladar que liberará, en las escasísimas gentes naturales del que fuera pueblo de Gamonal, una historia de la infancia, unas luces, unos besos.

Del mismo modo propugno mi pintura, obro mis cuadros, como ayer, como hace treinta años: en el mismo lugar; como el milagro de mi amigo el panadero, con raya y forma para que las emulsiones empapen el lino, su trama, para que urdan la forma; como hiciera en aquellas arpilleras que contenían azúcar y salvado, con la única intervención de las manos y el sudor”.

 

Producción: Fundación Caja de Burgos. CAB

Concepto y selección de obra: Javier Del Campo y Juan Vallejo

 

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